Romualdo García, el fotógrafo de los muertos

Uno de los más grandes temores del ser humano es, sin duda, la muerte. Todas las reflexiones alrededor de ella y la incertidumbre es lo que le da un tono especial a todos los conceptos culturales que se tienen sobre ella.  ¿Cómo se despide a los muertos?, ¿con enormes tapetes de xempazuchitl?, ¿con una banda de viento o un gran banquete? Se dice que en México, una de las grandes tradiciones culturales es el festejo a la muerte, pero en realidad la festejamos o la tememos.

 En la memoria colectiva se tiene la creencia en fenómenos inexplicables asociados a la naturaleza o que no tienen una explicación lógica; así surgen las leyendas y los mitos; del arraigo de estas creencias surgen los ritos, que se convierten en tradiciones y que, posteriormente, pasan de generación en generación.

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En la cultura prehispánica creían en Mictlán, que significaba para los antiguos mexicanos ‘En la región de los muertos’, este sitio mitológico del más allá consistía de nueve planos extendidos bajo la tierra y orientados hacia el norte; allá iban todos los que fallecían de muerte natural; quien moría tenía que cumplir toda una serie de pruebas en compañía de un perro que era incinerado junto con el cadáver de su amo. Entre otras, las pruebas consistían en pasar por entre dos montes que chocaban uno con otro, atravesar un camino donde estaba una culebra, dejar atrás ocho páramos (lugares fríos y solitarios) y ocho collados(colinas o cerros) y desafiar un ‘fuerte’ viento. Transcurridos cuatro años de estos ‘caminos’, la ‘vida’ errante de los difuntos había terminado y podía atravesar un ancho y caudalosos río montado en su perro.

Una vez terminado el viaje, el muerto podía presentarse ante Mictlantecutli (Señor de la muerte) y Mictecacihuatl (Señora de la muerte). Estos dioses del Mictlán comparten la función de regir y administrar a los que han muerto. En este lugar de la muerte, según la mitología, no existían puertas y ventanas. El México antiguo no temblaba ante Mictlantecutli; lo hacía ante esa incertidumbre que es la vida del hombre, la llamaban Tezcatlipoca (los dos significados más aceptados para esta palabra son: Los brujos y Dios de la noche. Este dios representa la maldad y fue una de las deidades más temidas del México prehispánico).

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Tras la Conquista y la evangelización, llegó a México la tradición de tomar fotografías a los muertos. El hecho de fotografiar a personas sin vida tiene antecedentes prefotográficos en el Renacimiento, en el que  la técnica era el retrato por medio de la pintura en el llamado momento mori, frase que deriva del latín y significa “recuerda que eres mortal”.

En 1880, en México hubo un fotógrafo quien se hizo amigo de la muerte, la que lo visitaba a menudo en su estudio y él se convirtió en su fotógrafo particular: Romualdo García, quien con su cámara capturó el rostro y las últimas expresiones de los muertos de finales del siglo XIX y principios del siglo XX en el estado de Guanajuato.

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La fotografía post-mortem fue otra de las tradiciones que el pueblo mexicano adoptó, ésta tenía el fin de conservar un recuerdo del último momento que se “conviviría con el ser querido” y Romualdo era el encargado de inmortalizar el momento que recuerda, a cada vista, la condición mortal.

Manos juntas como si estuvieran orando, bebes en el regazo de sus madres o acostados con si durmieran, eran algunas de las poses de los niños muertos, quienes, además, eran su “especialidad”; pequeños inmortalizados en el regazo de su madre, en los brazos de su padre, padrinos o hermanos.

Romualdo-Garcia

Romualdo García nació en Silao, Guanajuato. Fue en la capital del estado donde ingresó a la Escuela de Artes y Oficios. Allí estudió pintura y música, convirtiéndose en músico de profesión por varios años. En la década de los 80 se inició en la fotografía y a partir de 1887 abrió públicamente su estudio, ubicado en Cantarranas núm. 34, en el primer cuadro de la ciudad. Retrató a todos los sectores de la población guanajuatense: niños, hombres, mujeres, ancianos, gente con niños muertos, etcétera. Así, se convirtió en su fotógrafo por excelencia y eternizó las miradas y gestos, la indumentaria, incluso, los rasgos de los muertos.

Romualdo

“Romualdo García nos entrega una excelente panorámica del tejido social que caracterizó a Guanajuato al final del siglo XIX y principios del XX. Los sueños y aspiraciones de una sociedad emergente pueden percibirse en este archivo fotográfico. De ahí su extraordinario valor que trasciende lo estético para convertirse en un testimonio inigualable”.

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